200 años de la noche de los monstruos

En el año 2010, el astrónomo Donald Olson viajó a Ginebra, a orillas del lago Lemán, donde se erige la majestuosa Villa Diodati. Olson acudió al lugar exacto de la leyenda romántica, la de la creación de los monstruos del hombre moderno, para que las estrellas le desvelasen algunos de sus misterios. Comparó el cielo con los datos que Mary Shelley había anotado sobre el tamaño, color y posición de la Luna y las estrellas durante aquel fin de semana de verano. Y Olson concluyó que la pesadilla tuvo lugar en torno a las tres de la madrugada del día 16 de junio de 1816.

Aquel año, el verano nunca llegó. Una primavera inusualmente fría fue a morir en el próximo invierno. Las cosechas se echaron a perder en todo el norte de Europa. El  ganado enfermó. Por un momento, una breve edad de hielo le enseñó a la humanidad las garras de la muerte. Aunque casi ningún habitante de la Europa del recién estrenado siglo XIX lo sabía, todo aquello se debía a la erupción de un volcán. En 1815, el monte Tambora, en la actual Indonesia, había despertado. Registró la mayor explosión volcánica que se había producido en la Tierra desde hacía casi 1300 años y envolvió el planeta en una densa y eléctrica nube de ceniza que mantuvo las temperaturas inusualmente frías durante casi dos años.


Un grupo de jóvenes se había reunido en Ginebra para pasar juntos unos agradables días de verano. Los hilos que los habían juntado formaban una maraña. Por un lado estaba Lord Byron, el poeta más escandaloso de Europa, adorado y odiado a partes iguales. Había alquilado la Villa Diodati para pasar el verano y huir de una Inglaterra que quería colgarlo por haber pretendido acostarse con su propia hermana. Lo acompañaba su médico personal, el joven John Polidori, un muchacho apocado de buena familia a las órdenes de un poeta déspota con el que también -o al menos eso se rumoreaba- tenía relaciones sexuales. Por otro lado estaba el poeta Percy Shelley, el de rostro angelical, al que la crítica ya señalaba como uno de los poetas vivos más brillantes del momento. Había dejado atrás una esposa a la que ya no quería y se había llevado a Ginebra a una muchacha de apenas dieciocho años, Mary Wollstonecraft.

Mary Shelley, retrato de Rothwell
¿Quién tiro de los hilos para juntar estas dos madejas? Su nombre apenas es recordado. De hecho, ni siquiera aparece en muchos de los múltiples textos que se han escrito sobre aquellos días de junio en Villa Diodati. Su nombre es Claire Clairmont. Ella era la hermanastra de Mary, hijas del mismo padre, el teórico anarquista inglés William Godwin. Mary era hija de su primera mujer, la afamada feminista Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792). Wollstonecraft murió de fiebres puerperales al dar a luz a una niña que también llamó Mary. Poco después, Godwin se casó con su vecina, una modesta traductora, y tuvieron a Claire.

Mary estaba lejos de Londres, estudiando, cuando un jovencísimo poeta, Percy Shelley, acudió a Londres a conocer a Godwin, uno de sus ídolos. Inmediatamente, la joven Claire quedó prendada de aquel rostro tan hermoso, de aquellas palabras privilegiadas. Pero el encantamiento se desvaneció cuando Mary volvió a casa y Percy desvió hacia ella toda su atención. Atrás dejó a Claire y a una esposa con hijos. Entonces, la hija de la segunda mujer del anarquista decidió cartearse con otro poeta, aún más conocido que Shelley, aún más escandaloso que él. Y Lord Byron le contestó.


Historias de terror
Así se juntaron en Suiza en junio de 1816 estas cinco almas. Seis, en realidad, pues Claire estaba embarazada de una niña de Byron, Allegra, aunque todavía nadie, ni siquiera su hermanastra, lo sabía. Fueron juntos hasta el paradisíaco lago Lemán donde Byron tenía alquilada una villa. Los jóvenes tenían la esperanza de tomar el sol, nadar y remar en aquel gran lago. Pero el tiempo no acompañaba.

En ese instante nació el mito literario. No se sabe a ciencia cierta cómo se sucedieron los acontecimientos de aquella noche más que por algunas anotaciones de los escritores. Todos los secretos los guardó Claire, que fue la única del grupo en llegar a vieja. La Tierra estaba oscura y el cielo que la envolvía era eléctrico. Como no podían salir a disfrutar del lago, luego de una copiosa y animada cena, junto a una chimenea encendida -o eso dicen las historias-, Lord Byron decidió inventarse un juego: a ver quién creaba el monstruo más terrible de todos.

Y la habitación quedó en silencio. O eso podemos imaginar. Percy sonrió. Polidori se sentía incómodo. Claire callaba y observaba. Y el cerebro de Mary empezó a chisporrotear. Ninguno de los dos grandes poetas escribió una palabra. Claire no quería jugar. Así que sólo quedaron las atormentadas imaginaciones de Mary -Wollstonecraft- Shelley y John Polidori.

Lord Byron
El vampiro
John Polidori era descendiente de una acomodada familia de médicos y poetas italianos. Se graduó con una tesis sobre los efectos en el cuerpo y la mente del sonambulismo y las pesadillas. Cuando apenas llevaba un año ejerciendo, se le presentó la oportunidad de ser el médico personal de Lord Byron, y John, que encerraba en su corazón el deseo de ser escritor, no lo dudó un instante, aunque su padre intentase disuadirle de marcharse con aquel noble satánico. Polidori estaba fascinado por aquel hombre que tan pronto lo seducía como le tachaba de tremendo estúpido.

Aquella noche del verano que nunca llegó, Lord Byron les habló de una fantasía, el aristócrata lord Ruthven, que estaba a la vez vivo y muerto. Polidori la recogió y, mezclándola con viejas leyendas europeas, imaginó una criatura, ni viva ni muerta, que vive en la noche, tan peligrosa como hermosa, y que sobrevive engullendo las vidas de otras personas. Durante un año después de aquel viaje a Ginebra, Polidori continuó escribiendo El vampiro. Su deseo de ser escritor parecía tornarse en real. Cuando le hizo llegar el manuscrito a un editor, éste accedió a publicarlo enseguida. Pero la historia apareció firmada con el nombre de Lord Byron.

El poeta nunca abrió la boca para aclarar el malentendido, y Polidori se desquició viendo cómo lo más importante que había logrado en su vida le era atribuido a otro. A un tirano. Le había clavado sus colmillos y día a día le iba arrebatando la vida. Pocos años después, el joven doctor se bebió un bote de ácido prúsico, y su familia, más indignada que desolada, pasó por la censura del decoro los apuntes de sus memorias.

La criatura
Aquella noche nació otro monstruo. Aún más complejo y fascinante que el bebedor de sangre. Mary se encerró en su habitación, bajo la tormenta, y se puso a recordar. Recordó la conversación que habían tenido durante la cena sobre el científico Luigi Galvani, que defendía la electricidad como el motor de la vida. Recordó aquella historia que le contaba su madrastra, traduciendo al inglés los cuentos de los hermanos Grimm, sobre el lunático doctor Dippel que cosía trozos de cadáveres en la torre del castillo de Frankenstein.

En un siglo de fe ciega en la ciencia, Mary ideó al primer "científico loco". Un ser humano que en su afán por saber se atreve a retar a Dios. Un Fausto moderno que ha cambiado al Diablo por la Ciencia. Coger la manzana del árbol prohibido. Arrebatarle a los dioses su poder absoluto, una vez más, después de la caída de Prometeo.

El doctor Victor Frankenstein juega con fuego, y se quema. Abre los ojos una criatura gigantesca y espantosa, a la que nunca dará nombre, pues no damos nombre a aquello que no existe, y Victor, que huye despavorido, desearía que jamás hubiera existido. La criatura, un recién nacido sin pasado, vaga sólo, perdido y asustado, por tierras desconocidas, y aprende lo que son el amor, el odio y la poesía espiando a los humanos a través de las rendijas. Y entonces se desencadena la muerte.


Frankenstein o el moderno Prometeo es considerada la primera obra de ciencia ficción de la historia de la literatura, al especular Mary sobre las terribles posibilidades futuras del uso de la ciencia. La publicación de la obra de Mary Shelley fue algo azarosa. Percy le hizo todo tipo de correcciones. Se publicó una primera versión anónima en 1818 que pasó sin pena ni gloria. En 1923 volvería a ser publicada con muchas correcciones y la firma de Mary Shelley. La edición definitiva, la de 1931, fue la que se hizo mundialmente conocida y la que todos manejamos habitualmente. Para aquel entonces, John Polidori se había suicidado, Lord Byron había muerto luchando por la independencia griega, Percy Shelley se había ahogado en su barco Don Juan y tres de los cuatro hijos que tuvo con Mary también fallecieron. En 1951, a los 53 años, Mary Shelley murió de un tumor cerebral dejando atrás grandes obras como El último hombre (1826) y Falkner (1837). Sólo quedó Claire, una anciana que atesoraba todos los secretos de aquella mítica noche en que nacieron los monstruos modernos.

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