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Sweetie, Cecily Brown

sábado, 2 de agosto de 2014

Lecturas para el estío

LOS LANZALLAMAS, Rachel Kushner (Galaxia Gutenberg)
Pedí esta novela porque estaba indignada. Leí un artículo que destacaba la casualidad -o no, quizás la evolución social- de que de los cinco mejores libros del 2013 según The New York Times, cuatro estuviesen escritos por mujeres. Uno de ellos, Los lanzallamas (The flamethrowers) ya había llegado a España de la mano de Galaxia Gutenberg. Un artículo me llevó a otro hasta que me topé con un debate en The Guardian acerca de si podía escribir una mujer la Gran Novela Americana. Acusaban a Rachel Kushner de escribir con un estilo "macho" adrede. Ella, inteligente, poco tenía que decir al respecto. A palabras necias -y retrogradas-, oídos sordos. Esta novela, según algunos críticos al nivel de Don DeLillo o Philip Roth, cuenta la historia de Reno, una joven de Nevada que se muda al Nueva York de los 70, deprimido, infestado de drogas y mafia, pero hervidero de nuevas corrientes culturales, para ser artista. En concreto, Land Art, a la sombra de Robert Smithson y su espiral en las salinas. Ella quiere trazar con su moto Varela 650 Supersport verde metalizada una linea que atraviese los salares de su ciudad natal. Allí, tras un accidente, pasará a formar parte del equipo Varela como la mujer más rápida del mundo. Empresa que pertenece a la familia de Sandro, su amante artista conceptual en la ciudad. Y entonces de Nueva York nos trasladamos a la Italia fascista, en los años previos a Mussolini, cuando el patriarca Varela formaba parte de una pandilla de motoristas "que estaban muy ocupados escribiendo poemas sobre las carreras, pintando cuadros de la velocidad". La historia es tortuosa y Reno llega a la Italia de 1977, cuando las protestas juveniles desembocan en los actos terroristas de las Brigadas Rojas, con una traición y un secuestro empresarial de por medio. Kushner no es "macho". En Los lanzallamas no hay cursilerías ni romanticismos -si es que es eso lo que el lector simplista espera encontrar en la obra de una mujer- porque en la vida de Reno no hay ternura. Se trata de una de esas novelas totales, cuya historia a veces parece inabarcable, algo densa en algunos pasajes, pero de lectura obligada para los acelerados, los insaciables, los amantes de la buena literatura, los que echen de menos a un narrador que parece conocer todas las historias. En los gestos de un individuo adivinamos el devenir de toda una sociedad.

NOBLES Y REBELDES, Jessica Mitford (Libros del Asteroide)
Nancy fue la más famosa de las seis hermanas Mitford encerradas en Swinbrook House, la mansión de la familia de alta cuna. Pero Jessica, la quinta hija, también escritora y simpatizante comunista durante toda su vida, afincada en España durante la Guerra Civil, traza en esta autobiografía el recuerdo de una familia aristócrata de principios del siglo XX de lo más enloquecida: un padre despótico al que Nancy describió como "el eslabón perdido entre el hombre y el homo sapiens"; las hermanas Diana y Unity Valkyrie casadas con fascistas e inclinadas al nazismo; la pequeña Deborah, que confesó tener una relación con John F. Kennedy. Todo con humor y algo de ligereza -teniendo en consideración la importancia de los temas que trata-. Para no perdérsela.

ALABANZA, Alberto Olmos (Literatura Random House)
Olmos es uno de los narradores mejor considerados de su generación, autor de obras que no dejan a nadie indiferente, como Ejército enemigo (la anterior a ésta), sobre el ambiente social en torno al 15M; colaborador de medios de referencia como Qué leer; y antólogo de la nueva generación de narradores de los 80 (Última temporada, Editorial Lengua de Trapo). Trae esta temporada una de esas historias ambientadas en un futuro cercano, con un nosequé apocalíptico del que no se dan muchos detalles, un tiempo en el que se ha extinguido la literatura y su protagonista, que aún quiere escribir, huye a un pueblo habitado por viudas sin conexión a internet. Es una historia de amor que abre con la sentencia "-No estoy enamorado de ti".

MAÑANA TODAVÍA, varios autores (Fantascy)
Doce distopías para el siglo XXI. Porque el Apocalipsis no tiene por qué ocurrir siempre en Estados Unidos. Puede estar protagonizado -y escrito- por españoles. Aunque suene raro. Si eres un enamorado/a de la ciencia ficción -como la que escribe- y del género distópico en particular, las doce historias que junta el escritor y periodista Ricard Ruiz Garzón te harán el verano muy entretenido. Aunque también harán que mires suspicaz todo a tu alrededor, buscando la semilla del futuro nefasto, sobre todo en las pantallas. Algunas narraciones resultan demasiado juveniles -ya que pertenecen a este género sus autores-, pero otras, como las de Bueso, Negrete o Elia Barceló, son un auténtico gusto.

martes, 29 de julio de 2014

Festival de literatura imposible

¿Y qué es imposible? Mejor quedémonos con la diferencia que hizo el maestro Ray Bradbury: "Fantasía es aquello que jamás podrá ser, ciencia-ficción aquello que aún podría llegar a ser". Y yo no soy mucho de fantasía, pero sí de ciencia ficción. Es una lástima que los pocos festivales de literatura que celebramos en España tengan tan poca repercusión en los medios. Asturias no es sólo la Semana Negra de Gijón -genial, por otro lado-. Del 30 de julio al 2 de agosto se celebra en Avilés el Festival Celsius 232 de literatura de fantasía, ciencia ficción y terror -de nuevo en alusión al maestro por la que él llamó su única novela de ciencia ficción, Fahrenheit 451, pues 232 son los grados celsius a los que ardería el papel-.

El festival atrae a las mejores firmas de estos subgéneros a nivel nacional e internacional. Participarán en conferencias y firmas de libros. Podréis encontrar algunos nombres como Patrick Rothfuss, autor de El nombre del viento que llenó el Espacio Fundación Telefónica de fans hace unos meses. También estarán Rodolfo Martínez, Thanya Castrillón, Juan Miguel Aguilera, Espido Freire, Vanessa Montfort, Manuel Vilas, Iván Martínez, Ricard Ruiz Garzón, Laura Fernández y Brandon Sanderson, ganador del Hugo 2013 -uno de los premios más prestigiosos del mundo de literatura scifi junto con el Philip K. Dick y el Nebula- a la mejor novela corta, que pisa España por primera vez. Aquí podéis ver el programa completo del festival. También, los hijos de Mary Shelley -madre de los tres subgéneros-, desde la primera edición del festival, llevan a cabo la madrugada de cada noche veladas teatrales, musicales y poéticas con Fernando Marías al frente. La programación de este año aquí.

Si estás de vacaciones y eres un amante de la literatura imposible, Avilés te espera.





viernes, 25 de julio de 2014

Ajoblanco: la revista de la libertad

Alguien debe de estar equivocado. El papel puede cambiar el modo de ver la vida de una persona. Montones de papeles pueden cambiar el modo en que una sociedad se entiende a sí misma. Más de cuatro generaciones abarcó Ajoblanco, una de las revistas culturales más emblemáticas de España, estandarte del progreso social, de la libertad individual y de la creación transgresora. Inaugurada en 1974 por un joven Pepe Ribas, vivió los últimos años de la dictadura franquista, la incertidumbre de la Transición, el revuelo de la Movida Madrileña y la calma democrática de los 90. Cerró en 1999, con más de 20 años de historia. Cuando nadie se atrevía, ellos hablaban de política y arte controvertido, pero también de sexo y de drogas. No había nada que callarse. Pero había mucho que temer.

El Centro Cultural Conde Duque ha organizado para este verano la muestra Ajoblanco: ruptura, contestación y vitalismo (1974-1999), que podrá disfrutarse en la Sala 1 hasta el 21 de septiembre. La muestra recorre temáticamente la trayectoria completa de la publicación, rescatando para ello materiales inéditos o de difícil acceso, reportajes, documentos y líneas de trabajo significativas, junto a los testimonios y escritos producidos por una parte importante de sus protagonistas. Un pedazo de historia del país que pisamos a través de una de sus mejores publicaciones históricas. Algo que ya no se encuentra hoy en día.

Con motivo de la exposición rescato la entrevista que le hice a su fundador, Pepe Ribas, con motivo de la reedición de sus memorias Los 70 a destajo, para la revista ExPerpento en enero de 2012.


ENTREVISTA A PEPE RIBAS (ExPerpento nº 59)


-¿Qué lugar ocupan en su memoria todos aquellos personajes que pululan por las páginas de su novela?
Algunos siguen siendo buenos amigos, otros han muerto y la mayoría son extraordinarios profesionales que han mejorado la psiquiatría, la medicina natural, las tecnologías alternativas y el mundo de la ecología, el cine, la literatura, el arte, la música, el teatro, los viajes de aventura, la ayuda humanitaria. Fuimos pioneros desde la base social. En los primeros números de Ajoblanco de los años setenta, convocábamos a través de manifiestos a los lectores anónimos para que fundaran colectivos de los temas que les inquietaban: educación, cine, ecología, sexualidad libre, literatura, viajes. antimilitarismo, comunas, autogestión, etc. Así, debatiendo y experimentando, aprendieron oficios y profesiones. En la actualidad, esos miles de lectores no son memoria, son amigos y profesionales solventes que me explican como está la situación. Mantengo el contacto y los ojos abiertos.

-¿Cómo fue el trabajo de recopilación y composición de la obra?
Nunca pensé que me llevaría tanto tiempo. Quería reconstruir la crónica de aquellos años desde cómo los sentimos y cómo los vivimos entonces. También lo que soñamos y lo que supimos. Me mantuve aislado durante siete años en una casa perdida en un bosque, con los papeles de la época, las músicas, la prensa, mis diarios personales, las publicaciones e hice más de trescientas entrevistas a personajes de entonces. Y muchas llamadas telefónicas nocturnas. Afortunadamente había guardado cartas con nombres y apellidos, internet hizo el resto por encontrar a esa gente. Fue un trabajo fascinante de recuperación de muchas memorias. Los ‘70 a destajo es una obra coral.

-Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad vuelve tres años después. ¿Su salida le provoca la misma ilusión que entonces?
Sí. El movimiento de los indignados, la crisis política y económica y la falsa democracia, hoy en boca de casi todos, han transformado Los ’70 a destajo en una obra de referencia obligada. Pues en nuestras propuestas, elaboradas por tanta gente sin autoritarismo ninguno, se encuentran las claves de la regeneración posible desde la base social. También se explica cómo se abortó aquella transformación no autoritaria ni jerárquica. Hay que tener en cuenta que Ajoblanco no soy yo ni un pequeño grupo de personas, sino miles de lectores que se pusieron en marcha. Al menos conseguimos cambiar las costumbres cotidianas, la familia y el respeto entre las diferentes generaciones.

-Ajoblanco fue un referente libertario para los jóvenes de su época. ¿Cómo llevaban unos veinteañeros esa responsabilidad?
Con ilusión, mucho trabajo y responsabilidad. Pero cuando los políticos profesionales y los medios de comunicación pactaron el reparto de la herencia franquista, se abortó el proceso (1978) y cundió el punk, el nihilismo y el consumismo. Ya nadie se creyó nada y se sustituyeron los libros por las marcas; las ideas humanistas por el marketing.

-¿Sería hoy posible sacar una publicación de ese tipo?
No. Las redes de distribución de la cultura, del conocimiento y de la construcción de imaginarios están en manos de la multinacionales y de los financieros. Apenas queda pensamiento e información libre. En la prensa solo escriben los que están en el sistema.

-Usted y sus compañeros vivían en una acción constante. Eran tiempos de cambio. ¿Qué le sugerimos los jóvenes de hoy?
Los muy jóvenes ya no son postmodernos, banales o superficiales o hedonistas. Son personas preocupadas que ven cómo les han dejado sin futuro. Algo grave y profundo ha fallado. Y reaccionan contra la manipulación y la mentira. Los indignados son una clara muestra de ello. Creo mucho en las nuevas generaciones porque no son dirigistas ni autoritarios, son muy cívicos, como se vio en las plazas de España. Y bastante más preparados que las generaciones precedentes. Pero el proceso será lento.

-Los 70 a destajo está llena de arte. ¿Cuáles fueron las personalidades que más le influyeron en aquella década?
La gente sin nombre ni apellido. Fuimos una generación con mitos pero sin maestros. Si algo me influyó fue la California de 1966, el mayo francés, los situacionistas y sobre todo los libertarios españoles de principios del siglo XX.

-¿La cultura es obra de todos o la dictan unos pocos?
La cultura ha de ser colectiva, es un bien que nace de la interacción entre ciudadanos libres que se motivan y buscan juntos nuevos retos y nuevas propuestas y soluciones a los conflictos. La cultura dirigista es fascismo nacionalista o estalinismo. Jamás hay que confundir cultura con industrias culturales. La industria busca el beneficio económico, la cultura busca el buen vivir. Hoy en España, la dictan unos pocos y en Cataluña la situación cultural de los que dirigen la cultura es prefascista.

-¿Cuál es la gauche divine de nuestros días?
Los funcionarios que se dedican a gestionar con dinero público y desde el partidismo y el amiguismo los presupuestos de cultura y el reparto de subvenciones.

-¿Son Internet y las redes sociales depositarias de la cultura actual como lo fueron sus publicaciones?
Por supuesto. Es donde está el debate en libertad y donde despiertan las conciencias. Donde la gente se encuentra y se conoce. Y es global.

-En época de crisis, parece que lo último que se mira es la cultura. ¿Corre auténtico peligro?
No. Si desaparece, el ser humano se extinguirá del Planeta como en su día les ocurrió a los dinosaurios. La cultura filtra el salvajismo de una especie demasiado depredadora. Y Gaia no perdona.

-¿Cuál cree que es la contracultura de hoy, si es que existe?
La cultura que nace en la calle y no pide subvención ni permiso porque se hace por necesidad experiencial, por sentirse vivo en una sociedad inmadura gobernada por insensatos.

-¿Le han quedado memorias para más libros?
Por supuesto. No tardaré en iniciar la continuación de Los 70. Pero el de los 80 y 90 lo haré desde el hoy. Seré cruel. He perdido grades dosis de ingenuidad. Y hay que dejar huella de lo que realmente ha ocurrido y está pasando.

sábado, 12 de julio de 2014

Negro, negrísimo

“Uno no puede nacer en Birmingham, Alabama, en 1955, y criarse en el Sur de Los Ángeles, cerca de la sede del Partido de las Panteras Negras, y no asumir cierto tipo de responsabilidad social”. He aquí la importancia del contexto, de la experiencia real, física, en el día a día, y sobre todo cuando estás madurando, tan impresionable -tan maleable-. Kerry James Marshall es un estadounidense afroamericano, alto y grande, que viste gorra y sandalias con calcetines, y lleva colgando una sonrisa espléndida. Se ríe, y nadie diría las duras historias que cuentan sus pinturas -y fotografías, y collages y vídeos y viñetas de cómic-... Quizás, precisamente, ése sea el antídoto. Pintura y otras cosas es la primera muestra que se realiza en España del artista. Estará hasta el 26 de octubre en el Palacio de Velázquez del Parque del Retiro (Museo Reina Sofía) y se desdobla en una selección de sus obras más recientes que se muestran en la Fundación Antoni Tàpies de Barcelona.
 
Las imágenes de una iglesia católica, los recortables de una profesora, los cómics que leía de adolescente mientras en su instituto se libraban auténticas batallas, fueron la primera toma de contacto de este artista con el mundo del arte, que iría a culminar en el Otis Art Institute, donde completaría toda su formación. James Marshall se embarcó en un proceso creativo que cuestionaba el "vacío en el banco de imágenes"; es decir, la total ausencia de la raza negra como sujeto en la Historia del Arte. Esta invisibilidad del blackness llevó al artista a retratar a miembros de su comunidad racial de un color negro, negrísimo, que casi los invisibiliza con el fondo del cuadro, tal y como ocurre en la sociedad. Es la idea de la pintura Two naked man: un hombre negro invisible sobre un fondo negro, y un hombre blanco invisible sobre un fondo blanco, pues todo depende del contexto -de nuevo- en el que se mira. Trabajando la negritud, James Marshall también cuestiona los cánones de belleza establecidos, pintando una serie de Venus voluptuosas, sensuales y negras. Negrísimas.
 
Al acceder al luminoso Palacio, tres colores se incrustan en la mirada del espectador: el rojo, el negro y el verde. Tres gigantescos cuadros enmarcan la entrada. Green es una profunda selva verde tras la cual adivinamos un edificio en llamas, como la ira que subyace en toda aparente calma social. Red oculta un mensaje: "if they come in the morning" (y si vienen por la mañana), aquello que se preguntaban todos los activistas por los derechos de la comunidad negra cuando Ángela Davis fue encarcelada en 1868. Y finalmente Black, un escenario oscuro sobre el que ondean tres banderas: la de Estados Unidos, la de Chicago y la Panafricana (tres bandas en rojo, negro y verde). Es la fachada de la Facultad de Malcolm X.
 
 
Él también está. Y Martin Luther King y el presidente John F. Kennedy y su hermano Robert. Vemos el interior del salón de una típica casa de los años 70. La silueta de una mujer -negra, negrísima- se inclina sobre la mesa, y de su espalda brotan dos alas de purpurina dorada. A la derecha, una tapiz negro y purpurinoso llora la pérdida de los héroes. Otra pintura, We mourn our loss, les llama "daddy". Arriba se lee "in memory of", y entre las nubes esponjosas y doradas flotan los rostros de héroes anónimos, orlados como ángeles, con alas de querubín, que murieron por defender a la comunidad negra. Lo hicieron también los Lost boys, que no crecerán, igual que los niños perdidos de Nunca Jamás, pero porque fueron asesinados. Sus cabezas las rodean unas estrellas típicas en los cómics: las de los superhéroes.
 
 

martes, 17 de junio de 2014

"No creo que lo tradicional reste valor a las obras"

Dicen que la vida de un libro -creo que en cuanto a novedad editorial se refiere- dura sólo unos meses. Pero ya sabéis que soy de las que piensan que un libro vive eternamente, y que descubrirlo, leerlo, incomodarte y fascinarte dos años y medio después de su publicación es una fecha tan acertada como el mismo día en que se puso en venta. Lara Moreno (Sevilla, 1978) publicó su primera novela, Por si se va la luz -después de dos libros de relatos cortos- el pasado otoño, pero yo la encontré con la llegada de la primavera, leyendo en revistas y en blogs acerca de jóvenes escritores -siempre ahí, el espejo- que se olvidaban de modernismos prefabricados y buscaban tanto el origen de la persona, enraizado en la tierra, y el origen de la narración, tradicional dijeron algunos, histórico, trabajado y de calidad lo llamo yo. Nadia (así estuvieron a punto de llamarme mis padres) y Martín lo abandonan todo -y ese todo es todo lo que tienes si ahora mismo echas un vistazo a tu alrededor, aquí donde leas- por irse a un pueblo perdido. En esa vida que se deja atrás flota un no se qué post apocalíptico. El frío es viejo y el calor insoportable. Se arrastran los ancianos y guardan secretos. Se mueren, y llegan vidas nuevas. Alguien apalea a un perro, y todos se preguntan cómo han llegado hasta allí. Pero no se dice, porque ésta es una gran novela de preguntas. Y ésta, una charla maravillosa -e inteligente-.

- ¿Puede la naturaleza –o, en su caso, un pueblo perdido- devolver al hombre a su estado primigenio?
Sería muy arriesgado sentar cátedra sobre eso. Quién lo sabe. Realmente, ¿cuál es el estado primigenio del hombre? Creo que difícilmente habiendo vivido en nuestra sociedad se puede dar marcha atrás de esa forma. Otra cosa es que la naturaleza arrase con todo y los hombres que nazcan en esa nueva realidad sean iguales que los primeros hombres, repitan los mismos comportamientos, con unas condiciones parecidas. Lo que yo trabajé en la novela fue más bien una muy leve aproximación. Los personajes tienen un contacto directo con la naturaleza, pero un contacto limitado: tienen agua corriente, luz eléctrica, algunos tienen frigorífico. En comparación con la vida en las ciudades, en las grandes ciudades, sí que sufren una regresión, pero eso es más por la desnaturalización con la que vivimos hoy en día que porque en esa aldea abandonada estén de alguna forma regresando al hombre primigenio. Estamos tan alejados de la tierra que cualquier cosa nos parece una animalada feroz. En Por si se va la luz se vuelve a algún lugar, a algún estado pasado; al hacerse muy básico el entorno se intensifica la mirada, el instinto. Pero el hombre contemporáneo sigue siendo el hombre contemporáneo, con todas sus complejidades y sus taras. 

- ¿Y qué hay en él: amabilidad comunitaria o el egoísmo del superviviente? 
En aquella aldea creo que hay ambas cosas. De hecho eso fue algo que me sorprendió mientras escribía. Empecé enfocando la situación de cada uno desde un punto de vista muy individual, casi de enemistad con el otro, con ese sentido egoísta de la supervivencia, sí. Pero luego me di cuenta de que de forma natural se iban juntando, se iban ayudando, se iban convirtiendo en una pequeña comunidad con sus derechos y obligaciones. Mientras escribía, especialmente con el trío que forman Damián, el viejo, la joven Nadia y la niña Zhenia, vi cómo creaban un lazo natural de dependencia y afecto, vi cómo la relación que tienen entre ellos los beneficia a todos, los hace mejores. Y reflexioné sobre esto, sobre la tendencia humana a la necesidad del otro, a los vínculos emocionales, a la empatía; independientemente de la agresión, el dolor, la traición posterior, hay algo que nos junta de forma inevitable, nos arrastra a formar comunidades, familias, mejor o peor paradas. 

- ¿Eres de grandes grupos o más bien una mujer solitaria?
No soy una mujer solitaria para nada. Me gusta muchísimo la gente. He aprendido a estar sola ya de mayor, hace relativamente poco, y no sé si se me da bien siempre. El único caso en que necesito una estricta soledad es para la escritura (y no para toda ella). 

- ¿Es esta novela es el aviso de una huida?
No, cuando escribí esta novela yo “estaba” en una huida, en una huida relativa. Luego volví a la ciudad. Esta novela es la indagación sobre un posible futuro, una posible esperanza y una posible desesperanza. No es una declaración de intenciones, es una búsqueda. 


- ¿No queda nada bueno en la ciudad? 
En la ciudad de la que vienen Nadia y Martín no queda mucho bueno, no. Pero esa no es nuestra ciudad; no es mi ciudad. Claro que quedan cosas buenas en las ciudades. Es más, demasiadas. Por eso vivo en una ciudad como Madrid, por su aluvión de cosas buenas, a pesar del precio que hay que pagar por ellas. 

- ¿Sin qué cosas no podrías vivir? ¿Y qué cosas harías desaparecer?
Contestaré frívolamente, porque esta pregunta si no puede extenderse hasta el infinito. No podría (corrijo, no querría) vivir sin queso, sin vino, sin libros, sin amigos, sin sandías en verano y naranjas en invierno, sin música, sin playas, sin un montón de cosas… Haría desaparecer otro montón de cosas, claro. Pero la primera que se me ha ocurrido: los móviles de última generación (no me separo del mío, que conste), la hiperconectividad, la cobertura hasta en el infierno. 

- Ésta es una novela de personajes, ¿cómo surgió la identidad de cada uno? ¿Cuál es tu preferido: el más dulce, el más complejo, el que peor te cae…? 
Al principio del todo los perfilé en un papel, a lápiz. Perfilé el rol de cada uno, su “misión” dentro de esa minisociedad que construirían. El filósofo, la vieja (médico, bruja), el abuelo, la pareja, el elemento sexual, la infancia, etc. Pero estaban huecos, fueron formándose poco a poco conforme escribía. Es muy difícil decantarme por uno de ellos. Martín me cae fenomenal y lo envidio profundamente, es de los más sólidos y más cuerdos. Enrique fue un reto muy grande, la generación bisagra, la voz de la experiencia. Elena, la más histriónica, la más esencial, la más literaria. Nadia, con la que me estuve enfrentando hasta el final, donde llegué a comprenderla por fin. No puedo elegir uno.  

- Por si se va la luz es una novela lineal y coral ambientada en el campo. Podríamos decir que una novela a la “vieja usanza”. ¿Crees que la experimentación provoca la pérdida de la calidad literaria? 
Es cierto que es eso que dices, una novela coral y ambientada en el campo. Así dicho, queda muy rotundo, supongo. Pero la verdad es que no la considero una novela “a la vieja usanza”, a pesar de que no estoy rompiendo ningún molde visible. En absoluto creo que la experimentación provoque pérdidas de ningún tipo, igual que tampoco creo que lo tradicional reste valor a las obras. Creo que la ruptura ha de ser íntima, una batalla personal, un reto tanto técnico como ideológico como estilístico, un reto literario cada vez que uno se enfrenta a un proyecto nuevo. Y ahí, algunas veces se tiende a romper y otras a conservar, y en cada momento la experimentación será distinta y jugará en distinto campo. Creo que uno tiene que intentar avanzar siempre. Avanzar tiene significados distintos en distintos momentos. Avanzar y a la vez decir, tocar, arañar. Eso para mí es la calidad. 

- ¿Cuáles son tus referentes clásicos y cuáles los actuales?
Solo puedo contestar al azar, en plan metralleta, porque siempre me quedo en blanco con esto y se me escapan los mejores. Nuevos, viejos, recién llegados, en realidad la lista es muy grande: Cortázar, Onetti, Marsé, Faulkner, Nabokov, Blanca Varela, Julián Herbert, Alan Pauls, Alice Munro, Lorrie Moore… Paro ya, que me estresa.