Un arte que no es de este mundo

Hay algo en lo desconocido que nos atrae irremediablemente. Pero también nos aterra. No podemos estar solos. No es posible. En un cielo en el que hace tiempo que Dios murió, algo más debe de haber. En el espacio vacío que rodea al planeta Tierra caben todas nuestras fantasías, y de ellas nos alimentamos: de lo que no es pero podría ser. Ésta bien podría ser la idea de la que partió la comisaria independiente Danielle Tilkin para organizar Arstronomy: incursiones en el cosmos, hasta el 30 de agosto, una de las más delirantes y grandes exposiciones organizadas últimamente en La Casa Encendida. Articuló obras varias de más de 30 artistas internacionales en las que aparecía todo lo desconocido que podría llegar desde el cosmos en sus más diversas formas: a veces es sólo un luz titilante a lo lejos; otras, un artista perfectamente cuerdo dando testimonio de un avistamiento. La exposición vino acompañada en el pasado mes de mayo, los días 27 y 28, de las jornadas "Encuentros en el cielo habitado", que reunieron a científicos, periodistas y autores de todo el mundo expertos en ufología. Sí, no se rían: les hablamos de alienígenas. Porque hemos decidido creer.


Todos estos artistas creían de alguna manera. En que la tecnología del hombre avanza hacia territorios desconocidos. En que aún no conocemos una milésima parte de lo que nos rodea. O incluso en que ya hemos entrado en contacto con lo incognoscible. Es un salto al vacío, como el de la performance de Yves Klein. Aunque les cueste creerlo, la eterna pregunta "¿estamos solos en el Universo?" es mucho más fructífera artísticamente de lo que podríamos llegar a pensar. Decía el profesor de Oxford C. S. Lewis -sí, el autor de las Crónicas de Narnia- que "si algún fatídico progreso de las ciencias aplicadas nos permite alcanzar la Luna alguna vez, el viaje real no satisfará en absoluto el deseo que ahora buscamos complacer escribiendo relatos de viajes espaciales. Aunque pudiéramos alcanzarla y sobrevivir, la Luna real sería, en un sentido profundo y mortal, igual que cualquier otro lugar". Alcanzamos la Luna. Nuestra tecnología acaba de atravesar el vacío cósmico para enseñarnos la cara amable de Plutón. Por ello, los que aún soñamos de verdad con el espacio exterior seguimos prefiriendo el Marte de Bradbury.



El que dice que los vio es Robert Llimos, durante una estancia en Brasil, las luces y las voces en mitad del desierto, y esculpió los bustos de sus visitantes: un macho y una hembra. Suponemos. Recuerdan, inevitablemente, a las portadas pulp y a los bem -big eyes monster- de las películas de serie b. Aunque no seré yo la que se atreva a dudar de su testimonio. Al lado, las paredes de la sala de exposiciones están cubiertas por todo tipo de fotografías viejas de extraños vehículos luminosos que surcan los cielos, reunidas por Tony Oursler, un auténtico archivo de ovnis. Hay también un pequeño bem hecho en hielo, bien guardadito en su nevera, reproducido exclusivamente para Arstronomy, perfecta muestra de cómo la iconografía alienígena está asentada en nuestra visión de la vida como personificación del "otro", de "lo desconocido". Siguiendo con los que creen a ciencia cierta, el recorrido por la muestra concluye en una pequeña sala en la que se proyecta un vídeo: Fairy tales (2013) de la artista Pamela Breda, un montaje de fragmentos de vídeos diversos sobre avistamientos ovnis. Nos sentamos en el banco, tras la espesa cortina de oscuridad, y vemos esas figuras inexplicables atravesar los cielos mientras nos hablan de lugares que creemos existen como las Pléyades, Andrómeda y Orión. Más con los pies en la tierra, centrándose en la tecnología que nos permitiría acercarnos a lo imposible, están las fotografías de Thomas Struth del Georgia Tech, todo ingenieros y soldaduras de metal. O la tentativa del belga Angelo Vermeulen de reproducir las condiciones de Marte en la ladera del Mauna Loa (Hawai), a 2590 metros de altitud. Paul van Hoeydonck, también belga, reproduce la pisada en tierra inhóspita de un astronauta, un objeto volador no identificado e incluso un pequeño cosmonauta hecho a base de engranajes. Las posibilidades creativas, igual que el cosmos, son inabarcables.



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