Alice y la búsqueda de la individualidad

Fue el 4 de julio de 1862 cuando Charles Dodgson, diácono y profesor de matemáticas de la Universidad de Oxford, tomó un pequeño bote para navegar por el río hasta Godstow´, acompañado de las tres pequeñas Liddell, hijas de otro profesor de la universidad. Inquietas por el bochorno, el matemático decidió inventar un mundo de maravillas con el que entretener a las pequeñas. Después sucedió algo que le alejó de la familia Liddell, fotos de las hijas entre las páginas de los libros de su biblioteca, pero ese ya no es nuestro hombre.

El 4 de julio de 1865 apareció una pequeña novela titulada Alice in Wonderland. El primer ejemplar fue para una niña llamada Alice Pleasance Liddell; el segundo, para la princesa Beatriz. Lo firmaba un tal Lewis Carroll, que fue otro hombre muy diferente al huraño y enigmático Charles Dodgson. Carroll, por el contrario, escribió una novela que durante mucho tiempo se consideró infantil, como mucho adolescente, y cuya lectura, con sus animales que hablan, una niña que se encoge y se agranda, una baraja de naipes jugando al criquet... puede resultar efectivamente entretenida para los más pequeños; pero si nos acercamos a ella desde una perspectiva adulta nos encontramos con una sátira deliciosamente cruel. Alice in wonderland representa la lucha del individuo contra la sociedad que le rodea. La pequeña Alice necesita definir su propia identidad en medio de una maraña de normas y hábitos socioculturalmente impuestos. Lewis Carroll escribió una oda al individualismo más feroz. Más allá del supuesto infantilismo, en esta novela nos topamos de manera muy temprana con uno de los problemas más tratados por nuestra posmodernidad literaria: ¿quiénes somos?, ¿qué nos define?, ¿acaso la identidad individual existe?

- ¡Vaya, vaya! ¡Qué raro está siendo todo hoy! Y ayer las cosas eran tan normales. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Déjame pensar: ¿era la misma persona cuando me levanté esta mañana? Creo recordar que me sentía algo distinta. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿quién narices soy ahora? Ese es el gran enigma.


Durante todo el día de hoy, la pequeña ciudad de Oxford conmemora con recitales, actuaciones y todo tipo de eventos literarios los 150 años de la publicación de Alice in Wonderland. Qué diferente era la sociedad en la que fue escrita de la de nuestros días. ¿O puede que no? Al fin y al cabo, sin apenas medios de comunicación, y por supuesto sin redes sociales y las "tendencias" por ellas dictadas, lo cierto es que Lewis Carroll introdujo a una niña en un mundo de maravillas que ya existía en cuanto a que estaba dentro de ella misma, en sus sueños. Las ansias de libertad y de autodefinición habitan, amaestradas por la sociedad, en cada uno de nosotros. Una pulsión latente. Imaginando la vida que le depararía a una niña cualquiera, por ejemplo, llamada Alice Liddell, Carroll decidió otorgarle la libertad. Superando el angel in the house victoriano, la niña perfectamente educada para ser la perfecta esposa y la perfecta madre, Alice se enfrenta a un mundo -el de su propio interior- en el que las reglas le parecen tan arbitrarias -al fin y al cabo, como las de cada sociedad- que la invitan a rebelarse.
- ¿Quién eres?- preguntó.  
- No lo sé ni yo, señor, al menos en este precioso instante. Sí creo saber quién era cuando me levanté por la mañana, pero debo haber cambiado muchas veces desde entonces.  
- ¿A qué te refieres?- espetó la Oruga en tono serio-. ¡Explícate!
- Me temo que no sé explicarme, señor -repuso Alicia-, pues, verá, en estos momentos no sé quién es exactamente ese "me": vamos, que no soy yo misma, ¿sabe usted?
- Yo no sé nada- dijo la Oruga.

A través del mundo de las maravillas, de sus personajes extraordinarios y crueles, Alice intenta construirse a sí misma, buscar quién es más allá de lo que está socialmente llamada a ser. Va camino a alguna parte, pero aún no sabe adónde, porque la identidad no es algo estático, sino algo que muta, irreal, y se va redefiniendo a lo largo de toda nuestra vida. Sin embargo, un sujeto consciente de sí mismo, de su albedrío como ser único, resulta difícil controlar. Ese monstruo le aterraba a la sociedad inglesa victoriana. ¿Y qué ocurre ahora? La conciencia de pertenecer a una comunidad en cierta medida limita la del "yo".  El grupo se empeña en domesticar aquello que parece subversivo y transgresor, aquello que podría desestabilizar el orden dominante con el que tan plácidamente vivimos. 
- ¿Sería tan amable de decirme qué camino debo seguir desde aquí? 
- Eso depende en buena medida de adónde quieras llegar- repuso el Gato. 
- A decir verdad, eso no me preocupa mucho...- dijo Alicia.  
- Entonces tampoco debe preocuparte qué camino tomes- interrumpió el Gato. 
- Siempre que acabe llegando a alguna parte- añadió Alicia, a modo de explicación. 
- ¡Ah, bueno! Eso seguro que lo consigues -dijo el Gato- siempre que camines lo suficiente.

Pero Alicia despierta y todo sigue tal y como era. ¿Acaso se puede hacer algo más que soñar? Y Lewis Carroll, al final de Alice trough the looking glass, and what Alice found there, la segunda parte de la historia que escribió en 1871, se pregunta quién pudo atreverse a soñar todo esto. Y él mismo, en una despedida eterna, se respondió:


A boat beneath a sunny sky,
Lingering onward dreamily
In an evening of July

Children three that nestle near,
Eager eye and willing ear,
Pleased a simple tale to hear

Long had paled that sunny sky:
Echoes fade and memories die.
Autumn frosts have slain July.

Still she haunts me, phantomwise,
Alice moving under skies
Never seen by waking eyes.

Children yet, the tale to hear,
Eager eye and willing ear,
Lovingly shall nestle near.

In a Wonderland they lie,
Dreaming as the days go by,
Dreaming as the summers die:

Ever drifting down the stream
Lingering in the golden gleam

Life, what is it but a dream



* Todas las ilustraciones son obra de Arthur Rackham

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