Ajoblanco: la revista de la libertad

Alguien debe de estar equivocado. El papel puede cambiar el modo de ver la vida de una persona. Montones de papeles pueden cambiar el modo en que una sociedad se entiende a sí misma. Más de cuatro generaciones abarcó Ajoblanco, una de las revistas culturales más emblemáticas de España, estandarte del progreso social, de la libertad individual y de la creación transgresora. Inaugurada en 1974 por un joven Pepe Ribas, vivió los últimos años de la dictadura franquista, la incertidumbre de la Transición, el revuelo de la Movida Madrileña y la calma democrática de los 90. Cerró en 1999, con más de 20 años de historia. Cuando nadie se atrevía, ellos hablaban de política y arte controvertido, pero también de sexo y de drogas. No había nada que callarse. Pero había mucho que temer.

El Centro Cultural Conde Duque ha organizado para este verano la muestra Ajoblanco: ruptura, contestación y vitalismo (1974-1999), que podrá disfrutarse en la Sala 1 hasta el 21 de septiembre. La muestra recorre temáticamente la trayectoria completa de la publicación, rescatando para ello materiales inéditos o de difícil acceso, reportajes, documentos y líneas de trabajo significativas, junto a los testimonios y escritos producidos por una parte importante de sus protagonistas. Un pedazo de historia del país que pisamos a través de una de sus mejores publicaciones históricas. Algo que ya no se encuentra hoy en día.

Con motivo de la exposición rescato la entrevista que le hice a su fundador, Pepe Ribas, con motivo de la reedición de sus memorias Los 70 a destajo, para la revista ExPerpento en enero de 2012.


ENTREVISTA A PEPE RIBAS (ExPerpento nº 59)


-¿Qué lugar ocupan en su memoria todos aquellos personajes que pululan por las páginas de su novela?
Algunos siguen siendo buenos amigos, otros han muerto y la mayoría son extraordinarios profesionales que han mejorado la psiquiatría, la medicina natural, las tecnologías alternativas y el mundo de la ecología, el cine, la literatura, el arte, la música, el teatro, los viajes de aventura, la ayuda humanitaria. Fuimos pioneros desde la base social. En los primeros números de Ajoblanco de los años setenta, convocábamos a través de manifiestos a los lectores anónimos para que fundaran colectivos de los temas que les inquietaban: educación, cine, ecología, sexualidad libre, literatura, viajes. antimilitarismo, comunas, autogestión, etc. Así, debatiendo y experimentando, aprendieron oficios y profesiones. En la actualidad, esos miles de lectores no son memoria, son amigos y profesionales solventes que me explican como está la situación. Mantengo el contacto y los ojos abiertos.

-¿Cómo fue el trabajo de recopilación y composición de la obra?
Nunca pensé que me llevaría tanto tiempo. Quería reconstruir la crónica de aquellos años desde cómo los sentimos y cómo los vivimos entonces. También lo que soñamos y lo que supimos. Me mantuve aislado durante siete años en una casa perdida en un bosque, con los papeles de la época, las músicas, la prensa, mis diarios personales, las publicaciones e hice más de trescientas entrevistas a personajes de entonces. Y muchas llamadas telefónicas nocturnas. Afortunadamente había guardado cartas con nombres y apellidos, internet hizo el resto por encontrar a esa gente. Fue un trabajo fascinante de recuperación de muchas memorias. Los ‘70 a destajo es una obra coral.

-Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad vuelve tres años después. ¿Su salida le provoca la misma ilusión que entonces?
Sí. El movimiento de los indignados, la crisis política y económica y la falsa democracia, hoy en boca de casi todos, han transformado Los ’70 a destajo en una obra de referencia obligada. Pues en nuestras propuestas, elaboradas por tanta gente sin autoritarismo ninguno, se encuentran las claves de la regeneración posible desde la base social. También se explica cómo se abortó aquella transformación no autoritaria ni jerárquica. Hay que tener en cuenta que Ajoblanco no soy yo ni un pequeño grupo de personas, sino miles de lectores que se pusieron en marcha. Al menos conseguimos cambiar las costumbres cotidianas, la familia y el respeto entre las diferentes generaciones.

-Ajoblanco fue un referente libertario para los jóvenes de su época. ¿Cómo llevaban unos veinteañeros esa responsabilidad?
Con ilusión, mucho trabajo y responsabilidad. Pero cuando los políticos profesionales y los medios de comunicación pactaron el reparto de la herencia franquista, se abortó el proceso (1978) y cundió el punk, el nihilismo y el consumismo. Ya nadie se creyó nada y se sustituyeron los libros por las marcas; las ideas humanistas por el marketing.

-¿Sería hoy posible sacar una publicación de ese tipo?
No. Las redes de distribución de la cultura, del conocimiento y de la construcción de imaginarios están en manos de la multinacionales y de los financieros. Apenas queda pensamiento e información libre. En la prensa solo escriben los que están en el sistema.

-Usted y sus compañeros vivían en una acción constante. Eran tiempos de cambio. ¿Qué le sugerimos los jóvenes de hoy?
Los muy jóvenes ya no son postmodernos, banales o superficiales o hedonistas. Son personas preocupadas que ven cómo les han dejado sin futuro. Algo grave y profundo ha fallado. Y reaccionan contra la manipulación y la mentira. Los indignados son una clara muestra de ello. Creo mucho en las nuevas generaciones porque no son dirigistas ni autoritarios, son muy cívicos, como se vio en las plazas de España. Y bastante más preparados que las generaciones precedentes. Pero el proceso será lento.

-Los 70 a destajo está llena de arte. ¿Cuáles fueron las personalidades que más le influyeron en aquella década?
La gente sin nombre ni apellido. Fuimos una generación con mitos pero sin maestros. Si algo me influyó fue la California de 1966, el mayo francés, los situacionistas y sobre todo los libertarios españoles de principios del siglo XX.

-¿La cultura es obra de todos o la dictan unos pocos?
La cultura ha de ser colectiva, es un bien que nace de la interacción entre ciudadanos libres que se motivan y buscan juntos nuevos retos y nuevas propuestas y soluciones a los conflictos. La cultura dirigista es fascismo nacionalista o estalinismo. Jamás hay que confundir cultura con industrias culturales. La industria busca el beneficio económico, la cultura busca el buen vivir. Hoy en España, la dictan unos pocos y en Cataluña la situación cultural de los que dirigen la cultura es prefascista.

-¿Cuál es la gauche divine de nuestros días?
Los funcionarios que se dedican a gestionar con dinero público y desde el partidismo y el amiguismo los presupuestos de cultura y el reparto de subvenciones.

-¿Son Internet y las redes sociales depositarias de la cultura actual como lo fueron sus publicaciones?
Por supuesto. Es donde está el debate en libertad y donde despiertan las conciencias. Donde la gente se encuentra y se conoce. Y es global.

-En época de crisis, parece que lo último que se mira es la cultura. ¿Corre auténtico peligro?
No. Si desaparece, el ser humano se extinguirá del Planeta como en su día les ocurrió a los dinosaurios. La cultura filtra el salvajismo de una especie demasiado depredadora. Y Gaia no perdona.

-¿Cuál cree que es la contracultura de hoy, si es que existe?
La cultura que nace en la calle y no pide subvención ni permiso porque se hace por necesidad experiencial, por sentirse vivo en una sociedad inmadura gobernada por insensatos.

-¿Le han quedado memorias para más libros?
Por supuesto. No tardaré en iniciar la continuación de Los 70. Pero el de los 80 y 90 lo haré desde el hoy. Seré cruel. He perdido grades dosis de ingenuidad. Y hay que dejar huella de lo que realmente ha ocurrido y está pasando.

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