Historias breves sobre el fin del mundo

El atlas de ceniza, Blake Butler
(Ed. Alpha Decay)

Ahora que se acerca el Año Nuevo hablemos del Apocalipsis. Los hemos visto de todos los tipos: alienígenas a los que siempre caemos mal, desastres encadenados de una Naturaleza -justamente- cabreada, virus imparables que van diezmando a la población, hordas zombis que: a) los muertos salen de sus tumbas b) un proyecto científico sale mal y transmite a los humanos algo similar a la rabia c) Satán, él siempre tan malo, que tiene una categoría de Apocalipsis para él solito...

Blake Butler, treinteañero, estadounidense, es una de esas voces -ya lo tildan de una de las mejores de su generación- rabiosamente personales. Es excesivo, es nervioso, es poético, es -me encanta- bizarro hasta el delirio. Alpha Decay publicó en 2012 su debut Nada. Diario de un insomne, el acercamiento de este joven autor  a la no ficción, una mezcla de memoria, ensayo o ejercicio psicológico de reflexión acerca de las causas y consecuencias de su propia incapacidad para el sueño. De ella dijeron que era equiparable a la atmósfera cinematográfica de David Lynch y que estaba a medio camino entre Borges y Pesadilla en Elm Street

No sé si será una de las mejores voces de su generación -posiblemente todavía no- pero tiene una originalidad que ha de ser reconocida. El atlas de ceniza es una topografía del fin del mundo como nunca lo habíamos leído. Para amantes de los desastres imposibles. Es el más nauseabundo, romántico, putrefacto y onírico de los juicios finales. Se estructura a través de relatos breves siempre narrados desde un punto de vista muy cercano, diferentes pero con un paisaje común. Son hijos que han enterrado a todos sus hermanos. Chicas cuyas madres explotan y deambulan por los bosques. Madres encerradas y devoradas por sus propios hijos. Imagina los ingredientes de tu Apocalipsis soñado. El de Blake Butler tiene un cielo encapotado que puede ser negro, plateado o blanco de tanta luz. Ciudades resecas de las que asoman las entrañas de la Tierra o inundaciones fangosas que sólo dejan asomar la punta de los rascacielos. Llueven dientes, trozos de piel, sangre e insectos. Insectos, por todas partes, carcomiendo las paredes, devorando las fotografías, viviendo en la piel enferma de los personajes. Sobreviven a sus últimos días con mosquitos anidándoles en sus oídos. 

"Cada vez que algo se movía crujían los capullos. Esperamos. Parpadeamos en la noche. Al final, el gran desvelamiento: diez mil millones de mariposas zumbando bajo el sol, haciendo tanto ruido al aletear que no te dejaban pensar". Te preguntas a cada párrafo si esta podredumbre no oculta metáforas de lo que ya está ocurriendo. Habla del dolor, el desamparo, los recuerdos que nos torturan. Si Butler piensa que nuestro Apocalipsis ya ha dado comienzo. Vigila el olor de tu piel. Escucha detrás de las paredes a ver si oyes reptar a las orugas. Asómate a la ventana: un gran oso negro quizás espere a devorarte.

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