"El asesino hiponcondríaco", la primera novela de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Ser un cuentista avalado por más de cincuenta premios y reconocido por toda la crítica nacional en un país como es España, donde -dicen- que el relato breve no tiene éxito, es todo un mérito. Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974), filósofo de formación y colaborador cultural en los programas Literatura en breve (Radio 5) y El ojo crítico (RNE), ha querido dar un paso más y ha publicado su primera novela en ver la luz del público con la editorial Plaza Janés. El asesino hiponcondríaco es una novela ágil, entretenida, quasididáctica, repleta de anécdotas de Grandes Hombres que harán las delicias de los más curiosos -o cotillas- y entretejida con un fino humor negro a la hora de tratar un tema tan delicado como la muerte. M. Y. asesino a sueldo, tiene que matar al esquivo y elegante señor Blaisten, y tiene que hacerlo antes de que las decenas de extrañas e incurables enfermedades que le afectan acaben con él. Un debut alabado por autores como Rosa Montero y Ricard Ruiz Garzón y con cuyo autor, en una entrevista para la revista digital universitaria La Huella Digital, tuve el placer de hablar.



Acostumbrado a escribir relato corto, ¿cómo ha afrontado la publicación de su primera novela, El asesino hipocondríaco?
En realidad siempre he escrito novela, antes incluso que cuento. Lo que ocurre es que la labor del escritor no es siempre visible, la etapa visible sólo llega cuando se comienza a publicar, e incluso entonces no se ve más que una parte de todo el trabajo. Escribí mi primera novela hace ahora veinte años, pero se quedó en el cajón, como todas las que la siguieron. Por otro lado, entre un centenar y medio de textos breves, fui salvando poco a poco algunos de ellos, y reuniéndolos en dos libros que sí envié a las editoriales, primero 88 Mill Lane, y después De mecánica y alquimia. Pero claro, con este riguroso método de selección, era de prever que tardaría bastante más en dar forma a una novela con la que me sintiera realmente satisfecho. El asesino hipocondríacoes en realidad mi quinta novela, la sexta está también terminada, y ahora trabajo en la séptima.

¿Cuál es el cambio más grande en el proceso de creación?
Uno de ellos, el más evidente, tiene que ver con el nivel de implicación y con la inversión de tiempo. La escritura de un relato puede ser una obsesión de semanas, o de meses. Mientras que la elaboración de una novela te lleva a estar sumergido en el mismo proyecto durante años, es una relación mucho más larga y absorbente. El otro gran cambio tiene que ver con el pulso narrativo. La mayoría de las herramientas y técnicas narrativas son las mismas en el relato corto que en la novela ―el narrador, la construcción de la escena, etc.―, pero con la segunda tienes que aprender a desarrollar una mayor capacidad de visión de conjunto, es muy importante no perder el ritmo, la tensión y la lógica de la historia, y para eso tienes que ser capaz de ver, sentir y mantener a la vez muchos más elementos en tu cabeza al mismo tiempo.

Acumula más de cincuenta premios de relato breve. ¿Qué le hace tan prolífico? ¿De dónde saca los argumentos de sus historias?
Tampoco soy tan prolífico, al menos si sólo consideramos la obra publicada, que es poco más de una quinta parte de la obra escrita. Tres libros publicados en un periodo de veinte años de dedicación plena, es un balance bastante modesto. En cuanto a la inspiración, eso es algo que hay que forzar. Cuando uno se toma vacaciones y descansa la mente no se le ocurren precisamente más historias, sino menos. Y cuanto más tiempo transcurra sin que exijas resultados a la creatividad, más perezosa se volverá. Sin embargo, cuando te acostumbras a empujarla cada día, cuando eso se vuelve una rutina más, esencial en tu vida, entonces las ideas pueden venir de cualquier parte: de una película, de una conversación, de apenas una línea de texto, de un sueño, de una escena presenciada en el metro…

¿Hasta qué modo influye la formación filosófica en la escritura literaria?
En mi caso en gran medida, sin duda. Todos mis cuentos se construyen sobre una idea filosófica, metafísica o fantástica, como ocurre también en mi próxima novela. Y en El asesino hipocondríaco, que no es tanto así, los propios filósofos se han convertido en personajes y he acabado haciendo de sus vidas material literario. La verdad es que sin mi pasado de formación filosófica no podría entender lo que ahora hago.

¿Qué se siente al recibir los elogios de autores tan reconocidos como José María Merino y Rosa Montero?
Gratitud, alegría, y también los ánimos y el refuerzo necesarios para seguir escribiendo con aún más ganas. Rosa Montero leyó el manuscrito siendo miembro del jurado, junto a José Saramago, del Premio Clarín de Novela en Argentina, donde El asesino hipocondríaco quedó finalista. Por entonces, claro, el libro no estaba todavía publicado, y todo escritor que aún trabaja en la invisibilidad, y cuyo oficio es en ocasiones tan solitario como el de cualquier asesino profesional, también necesita que le digan que lo que está haciendo merece la pena, que está avanzando en la dirección correcta, que va a alguna parte, que no está caminando en círculos ni se ha vuelto loco.

¿Qué hay en cada uno de nosotros de esos Grandes Hombres a los que persigue el infortunio? ¿Y en usted?
Yo creo que todos nosotros hemos sentido alguna vez que nos persigue la mala suerte, que las estrellas se han aliado en nuestra contra, que las cosas, cuando podrían haber salido bien, salen mal. Sin embargo, está claro que si a Descartes, o a Voltaire, o a Edgard Allan Poe les hubiera ido todo de verdad tan mal, no habrían dejando un legado imperecedero a la humanidad. Quiero decir: aun con todo, vencieron su talento y su voluntad de dar forma a una obra inmortal. Esta novela está planteada en cierto sentido con la intención de enviar ese mensaje. No seamos tan quejicas, mirémonos menos el ombligo y tratemos de ver las cosas en las que sí nos sonríe la fortuna.

Los amados por los dioses mueren jóvenes. ¿Cree que hay algo común en la personalidad de estos hombres ilustres que los hacía débiles y paranoicos?
Creo que se repiten un montón de patrones, sí. Por un lado, casi todos ellos eran unos maniáticos, pensemos en la puntualidad de Kant, que además nunca salió del pequeño pueblecito de Königsberg, o en la manía de Proust de tirar los pañuelos al suelo apenas se rozaba una sola vez la nariz con ellos. Pero es que para ser creador hay que ser obsesivo, y metódico, y de ahí a la personalidad maniática sólo hay un paso. Por otra parte, en una época en la que la esperanza de vida era menor, la mayoría de ellos había perdido de una forma temprana a sus padres y había heredado unas cuantas enfermedades reales, y eso afectaba enormemente sus espíritus sensibles. Quizás eran demasiado sensibles para la época que les tocó vivir, pero sin sensibilidad tampoco puede haber pensadores o poetas. Al final, parece que hay cierta relación consustancial entre la mente del genio y las inclinaciones morbosas o enfermizas.

¿Cómo se trata con humor algo tan escabroso como la muerte?
En esta novela había tanta muerte y tanta enfermedad que, o se trataba con humor, o podría haberse convertido en algo muy deprimente o, directamente, en una invitación al suicidio. La muerte está ahí, es lo que nos espera a todos. Así que hay dos opciones, o nos volamos la tapa de los sesos y nos ahorramos la espera, o nos reímos de ella mientras aún podamos. Las situaciones que persiguen a mi protagonista, por otro lado, nos obligan a reírnos y a tomar una sana perspectiva.

¿Por qué cree que la sociedad de hoy es tan hipocondríaca? ¿Qué nos preocupa?
Tenemos demasiado tiempo para pensar, y no se nos han dado los instrumentos necesarios para ocupar ese pensamiento ni para darle una forma satisfactoria. Vivimos en un mundo en el que prima el individualismo, y no se ha hecho nada por solucionar la crisis de valores, al contrario, se ha promovido un consumismo inútil y desasosegante y una forma de vida basada en el estrés. Es normal que seamos más hipocondríacos que nunca. Es normal que nuestra sociedad se sienta más enferma y deprimida que nunca antes, porque jamás habíamos estado tan separados de nuestra propia naturaleza ni tan lejos de estar en paz con nosotros mismos.

¿Es usted un hombre de “moral kantiana”?
Me gustaría pensar que sí. Al menos siempre, antes de cada pequeño acto, me pregunto cómo afectará a los demás y si me gustaría que conmigo se comportaran del mismo modo.

Ha colaborado en publicaciones como Clarín y El País y actualmente trabaja en Radio5 y RNE con programas sobre literatura ¿Cuál cree que es el papel actual de los medios a la hora de fomentar la cultura?
El papel de los medios de comunicación es decisivo en todos los aspectos de nuestra sociedad actual. Así que cuanto más en algo tan abstracto y volátil, tan sublime y humano, como es la cultura. Desde luego, como no se va a fomentar la cultura es recortando el poquísimo espacio que de hecho ya tiene en la televisión, privando de fondos y recursos a los escasos programas de radio que la difunden, prescindiendo de los suplementos literarios, o reduciendo aún más la sección de cultura de los periódicos.

¿Cómo hace uno, a través de un medio tan dinámico como la radio, que el oyente se interese por la literatura?
En mi opinión son necesarios al menos dos ingredientes fundamentales: hay que hablar a los oyentes con sencillez, con un lenguaje natural y alejado de lo academicista, de las citas pedantes y de explicaciones abstrusas; y hay que tratar de involucrarlos, la radio tiene la capacidad de ser interactiva, y esa es una ventaja que no debemos desaprovechar.

Escriben sobre usted encuadrándole en una generación de autores noveles ¿Estamos asistiendo realmente a la emergencia de una nueva y concreta generación?
Si nos referimos a una generación literaria con unas bases fundacionales, unos presupuestos creativos y una estética en común, no, no creo que estemos asistiendo a la gestación de ningún movimiento relevante de ese tipo, más allá de que muchos podamos compartir las pautas y los rasgos que impone una misma época. Si en cambio nos referimos a una generación de autores coetáneos, en términos estrictamente cronológicos, sí, esa emergencia se ha dado, se está dando. Por otra parte, es una cuestión de ley natural, y ya era hora, porque mi generación ha visto retrasada su eclosión y no ha logrado el acceso editorial hasta casi la edad de cuarenta años. Espero que haya algo interesante que decir.

¿Qué cree que les depara a los jóvenes que quieren dedicarse a la escritura literaria?
No voy a engañar a nadie: les espera un camino muy largo, plagado de obstáculos y de todo tipo de dificultades, de incomprensión y de trabajo en soledad, una vida de sacrificios, de inestabilidad económica y de esfuerzos no siempre recompensados. Eso les espera. Ahora bien, a aquellos que sean capaces de sumar a su talento la disciplina y la voluntad necesarias para conseguirlo, quizá les aguarden también grandes cosas. Cosas inmensas. Cosas extraordinarias.

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