Wollstonecraft y la tragedia de ser Prometeo

A veces, en el hábito de la lectura se producen casualidades que recuerdan a la vida misma. El azar viene a ofrecerte el orden que la razón te niega. Algunos lectores llevan una especie de agenda de lecturas, en la que se organizan novedades, temas y autores bien elegidos para cada momento de su vida. Otros confían en la libertad de deambular entre las estanterías y leer, desordenadamente, todo aquello que vaya cayendo en sus manos. Confieso que soy más de los primeros. Metódicos pero algo desquiciados. Aunque esta vez, promesa, todo fue fruto del azar, que a veces viene a mostrarte cosas magníficas justo cuando estabas a punto de pasar de largo.

Descubrí el proyecto Hijos de Mary Shelley por las redes sociales. Lleva ya cinco años de andadura, con sus correspondientes cinco publicaciones, pero yo nunca me había topado con él. Fue en torno a las fechas del festival Celsius 232, que cada verano celebra en Avilés (Asturias) un encuentro en torno a la literatura fantástica, de ciencia ficción, de terror... Por allí pululaban los hijos de Shelley sin yo saberlo. Seguí las miguitas de pan hasta la web del proyecto, y no pude menos que compartir por Twitter lo increíble que me parecía la web y lo interesante que me resultaba el proyecto. Más aún cuando una de las lecturas que había estudiado este año en el máster era el Frankenstein de Mary Shelley. ¿Tendría algo que ver con esta obra? Sí, y no. El escritor Fernando Marías, capitán de un grupo de escritores que cada año ofrecen sus palabras a los géneros de lo imposible, se puso en contacto conmigo para agradecerme mi tuit. Un placer. Hablamos, siempre con una pantalla de por medio, y él se ofreció a enviarme un ejemplar a casa de la publicación en la que había culminado este año el proyecto colectivo Hijos de Mary Shelley: Wollstonecraft. Hijas del horizonte. Llegó cuando yo estaba en la playa, hasta la que me fui cargada de libros sobre fantasía y ciencia ficción para mi tesina. Al volver me estaba esperando, y entonces recordé, nada más ver la portada, que era aquel libro tan precioso que un día cualquiera había tenido entre las manos durante mi paseo por librerías. Este año estaba dedicado a Mary Wollstonecraft, y yo, como muchos, no tenía ni idea de quién era. 

Hasta aquí, la casualidad es poca. Más bien deviene en eso que con tanta ligereza llamamos suerte. Pero a mediados de septiembre, mi pareja me regaló un libro que codiciaba desde que había llegado a los escaparates: El año del verano que nunca llegó, de William Ospina en Literatura Random House. La erupción de un volcán en Indonesia a mediados de 1815 cubrió la mitad del planeta de una nube de ceniza que asfixió los campos, enfermó al ganado y mató el verano, que no llegó, si no que prolongó el invierno en una fría primavera que se convirtió de nuevo en invierno. Era 1816, y Lord Byron, Percey Shelley, su mujer Mary Shelley -por aquel entonces, aún Mary Wollstonecraft-, la hermanastra de ésta, Claire Clairmont -amante de Byron-, y el joven médico Polidori -asistente y no se sabe si también amante de Byron- se juntaron en Villa Diodati, en Ginebra, frente al lago. Como el tiempo enfurecido impedía salir a remar, decidieron jugar a inventar los monstruos de la raza moderna. Y nacieron la criatura de Frankenstein y el vampiro. Magnífico, una auténtica delicia literaria, el libro de Ospina entreteje la historia de estos escritores y sus creaciones con la suya propia, a través de la obsesión y el proceso de investigación de años que culminó en la publicación de este libro. Y uno de los personajes principales era Mary Wollstonecraft, pero no la Mary aún no apellidada Shelley que daría vida al primer monstruo de la ciencia ficción, no, si no la madre de ésta, una escritora combativa y muy popular en su época considerada por muchos la primera feminista de la Historia. Era esa Wollstonecraft sobre la que habían escrito Marías y sus Hijos de Mary Shelley -nombre, el del proyecto, que se eligió hace años en honor a Mary hija, madre de monstruos-. Para apretar el nudo del azar, cuando planeaba este artículo que ha resultado ser la confesión de una lectora entusiasmada, visité la 27 Feria de Otoño del Libro Viejo y Antiguo de Madrid, en busca de algo de pulp, y me topé con una edición viejísima del Frankenstein desencadenado de Brian Aldiss. El círculo se había cerrado. Por ahora.


"La naturaleza necesitaba ser enmendada, y enmendarla era la misión del hombre". Así explica Aldiss la pulsión del joven doctor Frankenstein cuando junta pedazos de lo que ya no es vida y les insufla aliento. Un intento de arrebatarle alguno de sus secretos a la naturaleza, de ser más poderosos que aquello que nos dio la vida. Robarle el fuego a la dioses, una vez más. La criatura -pues jamás tendrá nombre, pues no damos palabra a aquello que desearíamos no existiera- no es el Prometeo moderno, si no su creador, un hombre que intentó superar los límites que definen su raza, y que representó, por primerísima vez en la literatura, los riesgos del progreso científico-intelectual. Y Aldiss decidió desencadenarlo en una novelita de ciencia ficción en la que enfrente a un viajero del tiempo al doctor, a su criatura y a la madre de ambos, la joven -jovencísima, 18 años en aquel no verano de 1816- Mary Shelley. ¿Y por qué Fernando Marías la eligió a ella? ¿Por qué reunir, año tras año, a decenas de escritores -a veces, también, artistas, actores, músicos...- en torno a una de las grandes figuras de lo fantástico? "Hace ya casi siete años. Una revelación en un tren. Pensé que sería interesante homenajear a los escritores que se habían reunido en Diodati actualizando su propuesta y pedir a escritores españoles que preparasen un cuento inédito para contarlo ante el público. Hijos de Mary Shelley es la chimenea de Villa Diodati actualizada. El proyecto encontró el apoyo de Ámbito Cultural y a partir de ahí empezó a crecer: un libro cada año. cada vez con más autores implicados, actuaciones en directo y, enseguida, música, poesía, teatro, cine..." me explica Fernando Marías. Villa Diodati y sus fantasmas le enfermaron, igual que hicieron con Ospina, igual que están haciendo conmigo. Una placa que se encuentra en una piedra de la villa, explica el escritor colombiano, nos recuerda que allí estuvo Byron, héroe nacional, el rey de los poetas. Aunque él gusta más de la eternidad de Shelley. ¿Y qué pasa con las figuras a la sombra? ¿Qué hay que decir de Mary, grandísima escritora, durante muchos años condenada a ser la mera "mujer del gran poeta"? ¿Y qué hay de Polidori, al que Byron arrebató el éxito inicial de su vampiro, lo que más amaba, tal como ese hermoso engendro que nos arrebata la vida?

Retrato de Mary Shelley de Richard Rothwell
Queda otra pregunta más que Ospina acierta en señalar como crucial. ¿Quién era Claire Clairmont? Leo El año del verano que nunca llegó, fascinada, y a la vez ojeo la edición de Wollstonecraft. Hijas del horizonte. Claire era hermanastra de Mary, hija de la segunda mujer de William Godwin, un célebre filósofo anarquista de finales del XVIII y principios del XIX. Él hablaba del amor libre y se casó con una mujer transgresora que negaba el sometimiento de su género: Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792). Traía una hija de un amante anterior, y con el filósofo inglés tuvo a Mary. La madre murió de fiebres puerperales causadas por una higiene nefasta en el momento de traer a su hija al mundo. Godwin volvió a casarse con una vecina, que vivió siempre angustiada por no poder igualar a la Mujer. Con ella tuvo dos hijas, una de ellas, Claire. Se enamoró del joven poeta Percey Shelley cuando éste acudió a su casa de Londres a conocer a su padre, el afamado anarquista. Pero, tras volver de cursar sus estudios en el extranjero, fue la pequeña de la primera mujer, Mary, quien lo cautivó. Claire, entonces, buscó y se carteó con el gran poeta maldito, aquel que escandalizaba y fascinaba a partes iguales a toda Europa. Coincidieron en Ginebra los amantes Shelley, la hermanastra y el Gran Poeta -acompañado de su médico personal-, que huía de la ira que provocó en la aristocracia inglesa que lo vio nacer el atrevimiento de enamorarse de su hermana. Él los invitó a la villa que tenía alquilada junto al lago para pasar unos días del verano que nunca llegaría. Claire, cuenta Ospina, es la clave de aquella noche que duró tres días en junio de 1816. Embarazada de Byron, la única invitada sin delirios literarios, ella lo escuchó todo, lo vio todo y lo calló todo. Fue la única de los habitantes de Diodati que llegó a vieja. Guardó celosamente las memorias de la reunión más celebre de la historia de la literatura, anciana, misteriosa, tal y como la retrató Henry James en Los papeles de Aspern. Su madre, la segunda mujer de Godwin, fue la traductora al inglés de los cuentos de los hermanos Grimm. Ellos le hablaron de la siniestra historia del doctor Dippel, que en el castillo de Frankenstein, hacía ya muchos años, había intentado dar vida artificial a unos cadáveres. Y, muchos años después, en la noche de los monstruos, su hijastra recordó.

Retrato de Mary Wollstonecraft de John Opie
¿Y qué pasa con Mary Wollstonecraft? "Cada año elegimos un tema alrededor del cual giran las actividades. Éste fue Wollstonecraft, madre de Mary, porque es un personaje fascinante, insuficientemente reconocido por la Historia. Escritora, aventurera, pionera del feminismo… Casi 55 autoras y autores (hubo clara mayoría de mujeres) quisieron sumarse. Tuvimos que cerrar la puerta en un momento determinado, porque sino habría sido `el libro infinito´" me contó Fernando Marías. La feminista primera se había convertido en abuela del monstruo moderno. Cuando agonizaba, su pequeña aún amoratada, debió pensar que aquella criatura llegaría a hacer grandes cosas. A ser recordada y admirada a pesar de su sexo y de su género. La escritora Nuria Varela recuerda en su aportación a Wollstonecraft. Hijas del horizonte, que Mary ya se había topado antes con la muerte. Tras viajar a París para vivir en persona la Revolución Francesa, cuando un amante, el padre de su primera hija, Françoise, la abandonó, decidió arrojarse al río. Parece ser -pensaba yo mientras leía los relatos de otras hijas de Mary Shelley- que todas las grandes mujeres, en algún momento, van a parar al agua, como la Ofelia de John Everett Millais. Pero Mary Wollstonecraft no murió entonces, porque los abultados e incómodos ropajes de mujer de la época la mantuvieron a flote el tiempo suficiente para ser rescatada. Morir por ser mujer, y no poder morir por ser mujer. Irónico. Todas las mujeres de los relatos de los Hijos de Mary Shelley se topan con la muerte. Tienen un algo de apocalíptico. Qué menos de una colección de relatos entre lo fantástico, lo terrorífico, lo gótico... Son mujeres excesivas, igual que lo fue Mary Wollstonecraft madre, igual que lo fue Mary Wollstonecraft hija, igual que lo fueron Claire Clairmont y su madre, igual que lo fue la criatura de Frankenstein, el único ser vivo sin pasado, que deambula por los caminos del tiempo, siempre sólo, hijo -o hija- de la obsesión del hombre por ser inmortal.

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