"El presente crea a cada momento un pasado diferente"

"El libro de Naturales llama a Marte el Planeta Rojo. A ti te gusta pensar que, del mismo modo que la Luna nació de un trozo de la Tierra, el Campo Rojo es un fragmento desprendido de Marte"
Este campo rojo que da título a la novela de Ángel Gracia (Zaragoza, 1970) es un solar abandonado en el que apenas quedan una torre a medio derruir y un árbol en el que se ahorcó el padre de un niño. De lejos llegan los humos y olores de la fábrica de almidones del Ebro. En una ciudad de provincias, allá por los 80, los niños del colegio se juntan en el campo rojo al acabar las clases para esnifar pegamento, meterse con los profesores y comparar las tetas de sus compañeras de clase. Se están haciendo mayores, en esa edad tan frágil desde los once a los catorce años, cuando empiezas a buscar un lugar en el mundo que aún no existe para ti, y, mientras tanto, vas dando bandazos entre los reproches o halagos de tus padres, los reproches o halagos de tus profesores, las niñas empollonas de las primeras filas, las que ya están "buenas" pero a ti no te miran, los Maravillas, que se juntan todos, tan lentos, tan bobos, y rezas por no ser nunca uno de ellos. Tú -porque el protagonista de Gracia eres tú, y él, y todos los que fuimos niños una vez- prefieres revolotear en torno a la pandilla del Farute, con sus esbirros, el Bandarras y Bruslí, y los guaperas, tan rubios, con esa cara de buenos, que ellos sí que les gustan a todas las chicas. Campo rojo (Editorial Candaya) retrata a la perfección esos años extremademente quebradizos, fantásticos en cuanto a peligrosos, que un día parecieron los más importante y hoy tan sólo son un recuerdo. Pero, ¿cuánto de ese recuerdo determina lo que hoy somos? Lit Ar Co habla con Ángel Gracia de infancia, memoria y literatura.

¿Cuánto hay de tus vivencias personales o de las de tus conocidos en este relato?
Como cualquier escritor de ficción, soy una persona con una biografía. Cuando era más joven me parecía única y especial, pero con la edad y la lectura voy descubriendo que lo mismo que me ha pasado a mí también les ha pasado a otros. Y lo que es peor: lo que le ha pasado a alguien (en este caso, el dolor, el daño físico y también el moral) le sucederá a otras personas (les está sucediendo en este instante) porque el ser humano es esencialmente el mismo, perverso y despiadado, al menos desde que existe la literatura.


¿Por qué decidiste emplear un narrador tan peculiar, en la segunda persona del singular?
El uso de la segunda persona fue al principio intuitivo. La primera persona me resultaba demasiado confesional, demasiado patética. No quería que la novela se encasillara en el fango autobiográfico. Además, creo que la segunda persona puede ser más íntima y cercana que la primera, más obsesiva y autoanalítica, y también puede ser más distante y objetiva que la tercera. Ese “tú” que habla y se cuenta su historia a sí mismo encaja con la mente disociada del protagonista.

¿Escribir sobre el pasado es una especie de expiación?
Escribir ya es una expiación. Incluso una salvación. Pero no me salva lo que cuento o cómo lo cuento, sino el mero hecho de escribirlo. Me gustaría pensar que la novela habla más de los lectores, de ciertos lectores que buscan refugio, consuelo o redención, que de mí mismo.

¿Crees que es cierto todo lo que recordamos, o que suprimimos e inventamos recuerdos para poder vivir mejor?
El recuerdo, sobre todo el recuerdo sobre nosotros mismos, sobre nuestra vida, nunca es preciso, nunca es lineal, nunca permanece igual a lo largo del tiempo. El presente crea a cada momento un pasado diferente. La novela parte, claro, de observaciones acerca de lo que me rodea, sobre el mundo exterior, pero también parto de observaciones sobre mí mismo, de autoanálisis más o menos profundos, más o menos acertados. Esas observaciones o análisis o incluso investigaciones no tienen por qué coincidir con la realidad. Pueden estar alterados por múltiples motivos, pasados y presentes. En eso consiste, creo, la ficción. Se ha repetido (se repite, es un tema muy de moda en la actualidad) que una novela dice la verdad de las cosas a través de la mentira, o mejor dicho, la novela dice la verdad sobre nuestras vidas mezclando verdades con mentiras.


¿Es para ti la literatura un ejercicio de memoria? ¿Es lo que has hecho en Campo Rojo?
Me sería imposible precisar cuánto hay en mi novela de vivencias personales o de otros, cuánto de memoria generacional y cuánto de imaginación literaria. Incluso un narrador omnisciente de mi vida tendría dificultades para deslindar la ficción de la realidad. 

¿Por qué nos fascina tanto la crueldad?
La crueldad tiene una larga tradición en la literatura y en el cine que más me gusta. Creo que como lectores y como espectadores nos fascinan las escenas violentas, son infalibles para captar nuestra atención. Valoramos más el golpe emocional de la trama que la trama misma. En su teatro de la crueldad, Artaud ya proponía exponer, incluso exhibir, las retorcidas imágenes de nuestros sueños, las obsesiones eróticas y violentas, la mirada delirante sobre la realidad. Por otra parte, el buenismo, la bonhomía (qué palabra más cursi) es irrelevante para la literatura.

¿Son todos los niños crueles, como el Farute y su banda? ¿Fuimos todos crueles alguna vez?
A veces se nos olvida que los niños son personas. Con pocas experiencias, con una biografía aún breve, pero personas. Por tanto, el porcentaje de hijos de puta que podemos encontrar entre los chavales es exactamente el mismo que hay entre los adultos. Muy alto. Esto no quiere decir que los mismos niños hijos de puta lo sean luego de adultos. Suele haber intercambio de papeles en mitad de la obra, incluso en mitad de la escena.

Antes no existía el término "bullying" ni se percibía como un problema social ¿Estamos más sensibilizados? ¿“Cierto” acoso escolar es inevitable y en cierto modo inofensivo?
Las sociedades humanas están cimentadas en la guerra y en la violencia. También las democracias y sus avances en derechos sociales y civiles se sustentan en una violencia estructural que no conseguimos desarticular porque forma parte de nosotros mismos, de nuestra convivencia. En el caso del "bullying", todo el mundo mira hacia otro lado. “Son cosas de chicos”, dicen algunos, sobre todo los que han sido verdugos. Las víctimas de acoso no se sienten amparadas. La única defensa que ofrece el sistema educativo es el así llamado “protocolo de actuación”. Pero está claro que no sirve. Hay chavales que no lo pueden resistir y toman decisiones extremas. Otros, los más, sufrirán esas heridas en su alma el resto de su vida.

¿Y qué pasa con las niñas? Pocas veces se escribe de su infancia, pero sí que aparecen siendo objeto de fantasías o agresiones como en tu novela.
Mostrar la violencia contra las mujeres, contra las niñas, es una barbarie que quería señalar en toda su crueldad. Son una referencia para mí escritoras como Agota Kristof, Rosa Chacel y Nell Lleyshon. Esta última es autora de un libro que me ha conmocionado recientemente: Del color de la leche.

¿Cuál es el “campo rojo” de cada uno de nosotros?
El campo rojo es aquel lugar en el que estuvimos de niños y del que ya no podremos escapar. Es nuestra cárcel interior y nuestro horizonte. Es un espacio y un tiempo que camina dentro de nosotros. Nuestra manera de percibir la realidad. 

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