Familia: manual de instrucciones

Familias de cereal, Tomás Sánchez Bellocchio
(Ed. Candaya)

Es mentira. No existe ningún manual de instrucciones para la familia. Si no, sería el más vendido de la historia de la Humanidad, más aún que la Biblia. Porque uno puede tener fe o no tenerla, pero todos tenemos familia. Hasta los que creen no tenerla: unos padres fallecidos, un hermano con el que hace años que no hablamos... Los ausentes también duelen, y, sobre todo, pesan en la memoria. Quizá sea eso que se dice de los lazos de sangre. O quizá sea algo mucho más complejo, de construcción tanto emocional como sociocultural. ¿Tenemos que querer a una persona por el simple hecho de que sea nuestra familia? ¿Se trata de la institución más básica e importante, pero a la vez tiránica, de la sociedad moderna? Hablar de familia es hablar de hogar, de cariño, de seguridad... pero también es hablar de secretos, de odios, de mentiras... 


Sobre todo esto y mucho más reflexiona el joven escritor argentino Tomás Sánchez Bellocchio, que debuta en la literatura (es publicista de profesión) con una colección de relatos titulada Familias de cereal y publicada por la editorial Candaya. Bellocchio está curtido en el relato corto; durante diez años participó en el taller del escritor Javier Adúriz. Debe tener decenas de relatos guardados en un cajón, pero hace unos años se decidió a rebuscar unos cuantos que tuviesen un hilo en común: la familia. Todos los relatos de Familias de cereal están protagonizados por una familia, y cada una es un mundo. Ninguna familia se parece a otra; así es en esta antología y así es en la vida real. En algunos de los relatos, nos vemos atrapados por la burbuja claustrofóbica de la confesión familiar; por ejemplo, en Animales del imperio, relato en el que un hijo bocea en la memoria de su padre, loco, dicen, en los últimos días de su vida, a través de sus cuadernos de notas, plagados de animales imaginarios de tintes borgianos. En otro, Disco rígido, un extranjero, que es cualquiera que no comparta techo, irrumpe en la estructura de una familia marcada por la tragedia para bucear en los recuerdos digitales del hijo muerto. También nos encontramos con el invitado que viene a perturbar la paz familiar -paz en cuanto a statu quo- en Cuatro lunas: un padre invita a dos entrenadores personales a dirigir la vida de su esposa y sus hijos obesos, y la suya propia, obeso también, deslumbrado por esos cuerpos desconocidos y perfectos.

Aunque los relatos compartan temática, son tan variados como lo son las propias familias. Bellocchio da forma a unos relatos de manual, más o menos arriesgados, algunos originalísimos en personajes o acontecimientos, unos más sorprendentes que otros. Con todo, se trata de un muy buen libro de relatos, calibrado, trabajado, unido por ese hilo conductor al que me refería hace unas líneas y del que adolecen muchos libros de relatos, los cuales pueden correr el riesgo de resultar desconcertantes y caóticos. En las historias de Familias de cereal, el principal problema es la incomunicación entre personas destinadas a quererse, pero que no se conocen -no quieren o no saben cómo hacerlo- las unas a las otras. Bellocchio retrata muy bien esta opacidad, esta impotencia. La identidad individual frente al grupo familiar, el cariño contra el rencor, la culpa, la obligación de la responsabilidad... El lector, en un momento u otro, se sentirá identificado con algunas de las situaciones que narran estos relatos. Y se sentirá incómodo, como nos sentimos siempre que nos colocan frente a un espejo que no miente: el de la buena literatura.

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