El artista ordenado y el que escribe en servilletas

El proceso creativo es un tema en sí mismo. Ya sea Picasso auto retratándose en dibujos durante sus sesiones en el taller con las modelos, o bien las incertidumbres profesionales de Gordon Comstock, el protagonista de Que no muera la aspidistra, de George Orwell, una de mis últimas lecturas. El poeta, perdido en un Londres de clase media decandente previo a la Segunda Guerra Mundial, tiene un odio acérrimo por el dinero, que sin embargo necesita desesperadamente. Además, se pasea con un manuscrito sucio de su poemario inacabado, "Los placeres de Londres", cuya escritura programa para cada medianoche, pero lo que le pareció soberbio al despertarse es basura y lo rompe en mil pedazos, y se pasa días sin escribir porque pasa frío y no tiene dinero para cigarros, y piensa en renunciar a la Literatura cuando ve un cartel que le inspira un par de versos más y vuelve a confiar en su arte. Y así sucesivamente. 

Patricia Highsmith escribiendo
"De todas las clases de seres humanos, sólo los artistas tienen la capacidad de decidir cuándo no pueden trabajar, lo cual es una verdad como un templo, pues hay momentos en los que todo empeño resulta imposible", dice Comstock. Y qué verdad es. El periodista Mason Currey se pregunta en su libro Rituales cotidianos (Editorial Turner) cómo trabajan algunos y algunas de los artistas, músicos, filósofos o escritores más importantes de la Historia. Una de sus principales preocupaciones es "¿cómo realizar una obra creativa que valga la pena mientras te ganas la vida al mismo tiempo?". Ésta es una de las dudas eternas que acucia al artista de cualquier tiempo. ¿Trabajo para poder dedicarme a mi arte o mi único trabajo será mi arte? Pero si tardan en llamarte de esa galería, o si no te aceptan tu primer manuscrito hasta los 36 años, ¿de qué has vivido hasta entonces?. ¿Mejor nos entregamos por completo a la creación o le dedicamos pequeñas parcelas de tiempo? ¿Es incompatible una vida cómoda con la creación, o por el contrario, es necesaria una vida cómoda para crear?

Joan Miró en su taller en los 70
Hemos visto de todo. Franz Kafka detestaba su trabajo como oficinista en una aseguradora de trabajadores, pero necesitaba el dinero para mantener a toda la familia, que vivía junta en un pequeño piso en el cual Kafka sólo podía encontrar tranquilidad a últimas horas de la noche para escribir. Y por otro lado estaba Gustave Flaubert, que lo primero que hacía al despertarse era tocar una campanilla para que un criado le llevase a la cama tabaco, los periódicos del día y un vaso de agua fría mientras le preparaban un baño caliente. Faulkner escribió Mientras agonizo por las tardes, antes de fichar en su turno nocturno en una planta eléctrica de la universidad. El proceso de creación puede distinguir, a grandes rasgos, a dos tipos de artista: los metódicos-obsesivos y los anárquicos. Aquellos que escriben a una determinada hora, con una cantidad exacta de luz, en una marca de cuadernos y con un bolígrafo de determinado grosor. Y los otros escriben cuando sea y donde sea, siendo sus estudios un caos de ideas y proyectos a medio hacer. Patricia Highsmith quería hacer del proceso de creación algo lo más placentero posible, asique escribía en su cama rodeada de rosquillas, café y azucarillos. Joan Miró necesitaba hacer mucho ejercicio -boxeo, natación, saltar a la comba- para combatir al depresión y coger fuerza antes de ponerse a trabajar. Chopin oía sus melodías de manera "espontánea y milagrosa", pero luego tenía que hacer muchos esfuerzos para capturar todos los detalles del tema. Nabokov, antes de ponerse a redactar, componía el total de sus novelas en fichas rayadas a lápiz que guardaba en grandes ficheros. Alice Munro, nuestra última Nobel, aprovechaba los ratos en que su hijo mayor estaba en la escuela y la pequeña dormía para escribir sus relatos, pero las visitas la interrumpían continuamente. Van Gogh se levantaba cuando apenas había amanecido, y si estaba en una época de "frenesí mudo de trabajo", podía pasarse hasta doce horas seguidas pintando sin apenas parar para comer.

Al ver una danza, contemplar una escultura o leer una novela, degustamos la perfección de una obra de arte completada. Pero detrás hay años de dudas, método y sufrimiento, de ideas cuyo origen es un misterio y de miles de horas de correcciones, de arrebatos alucinados o de horarios de alimentación, ocio y trabajo escrupulosamente cumplidos. Si eres artista y reconoces en alguna de las historias de Currey tus manías y altibajos creativos, enhorabuena.

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